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​​​​​​​​​​​​​​​​​​ ​​​​​​Málaga y noreste de Marruecos



'Road trip' al otro lado del Estrecho. ​El Marruecos más desconocido, empezando en la Málaga​ más auténtica y la señorial Melilla . ¡Esto sí que no lo ha hecho (casi) nadie!. Recorre Marruecos desde Málaga en Ferry.​


​1. Málaga​​​

Lo que pide la cámara de fotos​​​

El muy nuevo Muelle Uno ha convertido el puerto de Málaga en un sitio para estar, ya no es un lugar por el que solo pasar. Tras pasear por el Palmeral de las Sorpresas (el tamaño aún mediano de las palmeras demuestra lo remozado del lugar), prueba una olivada con boquerones en el Gorki y sin darte cuenta estarás dando un paseo por calle Larios, el epicentro de la Málaga que hay que ver. Apetece seguir desde aquí con un ‘segway’. A un paso, ya puestos, lo suyo es visitar “La Manquita”, como llaman los malagueños a esta catedral renacentista con leyenda, y la Alcazaba musulmana. Hablando de paseos, el pasaje Chinitas es un laberinto de calles con vida propia a cualquier hora. ​

málagaLa cultura no ocupa lugar

Pocos lo saben, pero Málaga está cada vez más ‘museada’: costumbrismo en el Thyssen, abstracción en el Museo Picasso y reliquias en la Casa Natal Pablo Picasso, o lo último de lo último en el CAC. Y un par de rarezas que no te puedes perder: el Museo Automovilístico y el de Costumbres y Artes Populares. Sus nombres no dejan lugar a dudas. Más raro aún: el cementerio anglicano inglés, el más antiguo de la península ibérica. De las artes escénicas se encargan y encargaron respectivamente el Teatro Cervantes y el Teatro Romano, este último ahora precedido de una pirámide en metacrilato al más puro estilo Louvre, pero sin Tom Hanks resolviendo enigmas. De las artes culinarias cuida el Mercado Central de Atarazanas, uno de los pocos mercadillos antiguos que se mantienen fieles a la compra-venta de abastos, nada de bares cool. Para eso ya están los cócteles a ritmo de chill out de la terraza del hotel Molina ​Lario, con vistas a La Manquita, o la vanguardista hamburguesa de rabo de toro del Restaurante Manzanilla (chef malagueño Dani García mediante, 2 estrellas Michelín por Calima). También por el centro dan ganas de declararse en el coqueto Jardín Botánico de la Concepción, o de tomar apuntes sobre flora en el Paseo del Parque, arbolado con ejemplares llegados de medio mundo.

En chancletas

El sol que mejor calienta está al este de la capital. Olvídate de la muy poblada playa de La Malagueta y la demasiado de moda costa oeste para tomar unos espetos sobre la arena del paseo de Pedregalejo (el Tintero si queremos bullicio, el Morata o el Cabra si queremos trato humano). Y siguiendo con el pescado, uno de los mejores crudos de España y parte del extranjero se sirve en el restaurante Rocío Tapas y Sushi. O marisco entre coplas en el siempre festivo Pimpi Florida, en la vecina barriada de El Palo. No lo confundas con El Pimpi, más céntrico y turístico, pero igual de recomendable. Y ya que has vuelto al centro, almendras fritas de postre en algún puesto callejero. En la Costa del Sol siempre hace bueno, pero rogaremos al cielo un poco de fresco como excusa para probar los churros con chocolate de Casa Aranda y para subir a los montes a probar el calorífico plato del lugar: dícese de huevo, chorizo, lomo, patatas, pimientos y migas rebosantes en un plato. El arroz caldoso es cosa de la venta El Túnel, y el arroz marinero del restaurante Los Mellizos.

 

Un secreto a la vuelta de cada esquina

Un día cualquiera deberías terminarlo con un café en el Parador de Gibralfaro, suspendido sobre la bahía de Málaga y vigilando la fortaleza milenaria que le da nombre. Y lo de mil años no es una exageración típicamente malaguita. Por cierto, aquí no se pide un café, aquí se pide “un nube”, “un sombra” o quizá “un mitad”, y normalmente Santa Cristina, tan de aquí como la cerveza Victoria o el vino “pajarete” de la Antigua casa de Guardia. También antigua de verdad, de 1840 exactamente. Otras cosas que debes hacer, sí o sí, es coger fuerzas para ir de compras por calle Nueva dándose un baño árabe en El Hamman. Calle Nueva ojo, no calle Larios, sino la paralela. Caminando 20 metros habrás huido del turisteo y encontrarás más tiendas de barrio y menos ‘postureo’ multinacional. Si tenemos el cuerpo vintage, nada mejor que el medio centenar de tapas típical Andalucía del Cortijo de Pepe, el mejor previo para ir a escuchar flamenco en la peña Juan Breva. No te arrepentirás. www.hotelmolinalario.com​

2. Melilla

Cóctel frente al mar en Le Cabestan

Empieza por echar abajo los mitos: en Melilla no hace tanto calor. Lo normal es encontrarse con 20-25 grados. Hace bueno, a secas. Segunda leyenda urbana: Melilla es multicultural, sí, pero para nada peligrosa, barriobajera o maleducada. Echas el ancla en una ciudad poliédrica acostumbrada a recibir al de fuera desde tiempos inmemoriales, es decir, acogedora. Tercera mentira: Melilla no es simplemente una ciudad "mora", sino villa de raíces cristianas, musulmanas, judías y hasta hindúes. Es lo que tiene ser puerto mediterráneo. El plan callejeropedestre que te proponemos es necesariamente modernista: edificio La Reconquista, Casa Melul o el Ayuntamiento. Y ya que te has ambientado en la ciudad Vieja, prueba la comida moruna del Caracol Moderno. Exquisita. Y encarámate al Parador para disfrutar de la vista con un café. A cualquier hora.

Vuelta al coche para poner rumbo sur, pasando por Beni-Enzar hasta los arenales de la mar Chica, algo así como el mar Menor de Marruecos, pero aún por descubrir (y por acondicionar para el turismo, aunque mejora mes a mes). Enorme albufera silenciosa de arena evolucionada desde conchas, como debe ser, y con tan poca afluencia que puedes acabar haciendo amigos con los que tomar té. Para comer, mejor dar la vuelta hasta la zona del Atalayoun Golf Resort.


 
melilla

 

3. Nador

Tanto Melilla como Nador han crecido tanto que ya casi se confunden. Del lado marroquí de la verja la arquitectura art decó recuerda lo colonial que fue esta zona, y estás obligado a seguir el rastro de las palmeras para transitar la avenida Mohamed V, cogollo de las compras en una urbe a la que se viene principalmente a comprar, como a todas las ciudades fronterizas. Aunque te encuentres a pie de playa, las carnes asadas al carbón están a la orden del día en un rincón ignorado por las guías de viaje que sigue viviendo en la calle, una villa de zocos y plazas donde fumar narguile. Y si te sientes rural, prueba una escapada al monte Gurugú: verás vacas pastando al más puro estilo Suiza. Recuerda que las montañas del Rif están ahí al lado.

www.atalayoungolfresort.com

 

4. Saidia

saidia
La llaman la perla azul, nombre tan poco original que prometemos no volver a repetirlo. Para ver casas encaladas podrías haberte quedado en Mijas, y para ver tonos añil queda más a manoJúzcar o hasta Asilah, así que busquemos más allá de la postal. Te encontrarás 14 kilómetros de ininterrumpida playa de arena de la que no quema los pies (es decir, que no es tierra) dan para pasear.

Entre tus chancletas y el paseo marítimo, perdón, su corniche, mimosas y eucaliptos le dan un toque elegante pero informal. Marina Saidia es tan nuevo que cualquier comentario se queda anticuado cada 15 días: escuelas de snorkel aprovechando lo transparente de las aguas adyacentes, centros termales, pesca recreativa o esquí acuático son los atractivos de un pueblo-balneario en el que no dejar de oír las olas. Tampoco por la noche, cuando cambiarás el traje de crema solar por la camisa blanca de lino. Cuidado: los 'todo incluido' empiezan a colonizar la zona.   www.marinesaidia.com​​​

5. Al Hoceima​

Al Hoceima suena a lejano, a las Mil y Una Noches, pero si la llamamos Alhucemas, como se la ha llamado toda la vida, se te har más cercana. Desde Saidia, pasando por Nador, se llega hasta este rincón en medio de ninguna parte por una de esas carreteras con nombre tan rimbombante que apetece decirlo en francés: rocade Mediterranée. Eso sí, en Marruecos lo de doblar los carriles es un lujo solo reservado a la costa atlantique, así que mejor no pases de 80 km/h.

El segundo Peñón más famoso del Mediterráneo (démosle ese honor al de Gibraltar, ¿o al de Ifach, en Calpe?) fue español hasta hace tan poco que los carteles siguen estando hoy escritos en castellano y los lugareños buscan algo que hacer en el Instituto Español Melchor de Jovellanos. Los horarios de comida los marcan las barcas de pescadores que surten a la tasca-hotel portuario Al Kozhama. Por cierto, a Al Hoceima la llaman ciudad pero deberían llamarla archipiélago: varias ínsulas flanquean su costa Sfiha tan cercanos que piden a gritos ser alcanzados a nado, aunque solo sea para comprobar que efectivamente, ese emblema roído por el sol que oteas a lo lejos es la bandera de España. 


comida
 
 

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