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​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​Carnaval a pie de barco​

En todos los destinos de Trasmediterranea hay motivo para ponerse (¿o quitarse?) la máscara. Elige el barco y acertarás. Viaja en barco a los distintos carnavales de España.

 

Todos los años se repite la historia. Y ninguna es igual que el año anterior. Una calma tensa envuelve a rincones varios y variados de España a principios de febrero, curiosamente todos junto a la playa, a pie de puerto. Las lentejuelas esperan en el armario, listas para brillar; las partituras se afinan una y otra vez, y todo carnavalero que se precie duerme con una sonrisa que explotará en carcajada a finales de febrero, y que será fiesta eterna a primeros de marzo. Mejor empaparse de una buena guía para no morir (de risa) en el intento. ¿Qué tendrá el mar que tan bien se lleva con los disfraces?

1. Tenerife se echa a la calle​

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En la capital chicharrera, en Don Carnal no hay reloj. El tiempo viene medido por el aguante de cada cuerpo en el disfrute de la fiesta. Coge aire. El Carnaval de Santa Cruz de Tenerife es temático, con un nuevo homenaje cada año. En esta ocasión la fiesta gira en torno a los dibujos animados, así que si estás buscando disfraz y quieres ir a la moda, tira de imaginario infantil. 

El que dicen es el segundo Carnaval más famoso del mundo, sólo superado por el de Río de Janeiro, presume de Interés Turístico Internacional y empieza mucho antes de lo que los calendarios marcan en rojo como festivo, dividiéndose en dos partes bien diferenciadas: el carnaval oficial (actuaciones en recinto cerrado, busca ya tu entrada) y el carnaval callejero (simplemente, sal a la calle). Entre uno y otro, escapada a la playa de Las Teresitas, lo suficientemente cerca del bullicio para que no dé pereza pero lo suficientemente lejos para poder disfrutar del sol de invierno sin dolores de cabeza. Como muestra de su fama, un botón: en 1987 acudió al Carnaval chicharrero la cantante cubana Celia Cruz. 

​Dicen que 250.000 personas batieron ese día el récord Guinness a la mayor congregación de personas en un plaza al aire libre para asistir a un concierto. El programa oficial cuenta con un centenar de grupos folclóricos. Antes de que empiecen a actuar ya se habrá elegido a la Reina, con las aspirantes embutidas en trajes que pesan una media de 150 kilos. De ahí esas ruedecitas que sobresalen por debajo de las fantasiosas faldas. 

La Bodeguita Canaria es siempre buena idea para la parada y fonda, por cierto. Al mismo tiempo, el carnaval de la calle hace honor a su nombre: miles de personas se proponen pasarlo bien cada día presumiendo de disfraz. Bailan al son de orquestas locales e improvisadas plagadas de influencias caribeñas y animadas por el buen tiempo asegurado. Aquí se vacila noche tras noche durante casi dos semanas. El Sábado de Carnaval, escenarios simultáneos en la plaza de la Candelaria y la plaza del Príncipe donde asombrarse con el lujo de esos trajes imposibles que diferencian quizá a esta fiesta de otras similares. Hay que saber qué es una murga, una comparsa o una rondalla, bandas con una media de 50 personas en escena. Cualquier lugareño estará encantado de impartir una clase práctica sobre el terreno. 

El Carnaval es alegría contagiosa, como proclama la mítica Filarmónica Ni Fu-Ni Fa. Con ese nombre, imposible resistirse. El Martes de Carnaval es el otro gran día, pero éste más pensado para el callejeo. Desde primera hora de la tarde, el ritmo y el color del Coso animan a la ciudad a sumarse a la fiesta. Gentes y agrupaciones se funden en una especie de serpiente multicolor. Lo mejor es hacerse hueco en la calle Bethencourt Afonso, por todos conocida como calle San José. Junto a carrozas con su propia música que llenan las calles adyacentes, los tradicionales chiringuitos ofrecen churros y papas con todo como avituallamiento obligado. Ya tocando a su fin, la ciudad se viste de crespones negros para acompañar a una sardina gigante de cartón-piedra elaborada por los presos de la prisión Tenerife II antes de ser quemada. Gracioso luto para bajar el telón.​


​2. La Palma no es hermano meno​r

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Sin salir del archipiélago, bailes nocturnos en las sociedades de recreo Real Nuevo Club Náutico y Casino La Investigadora ponen el ambiente, pero la fama del Carnaval de Santa Cruz de La Palma viene de su lunes: 

la ciudad revive la llegada de los indianos, isleños emigrados y retornados a Canarias. Caricatura de la figura del nuevo rico, el indiano sin formación que se fue a hacer las Américas y regresa creyéndose más que los demás. 

Santa Cruz amanece de blanco talco, en una metáfora del poder de la risa, y se rinde culto a La Negra Tomasa como emblema y personaje. Y hablando de tradiciones locales, el restaurante Chipi-Chipi. 

Con ese nombre sólo puede ser familiar. De primero, cerdo a la brasa; de p​ostre, un Príncipe Alberto. De nada.

No diga Cádiz, diga cachondeo

 

Aquí casi todo el mundo sale de fiesta el sábado noche. Precisamente por eso un gaditano te recomendará no hacerlo. Cualquier otro día de carnaval puede vivirse el ambiente con la misma alegría pero mucho menor agobio. Vive el carnaval de Cádiz.

​Visto lo que no, pasemos a lo que sí o sí: ver el carrusel de coros en la Plaza (a secas) el primer y segundo domingo de carnaval (sí, aquí el carnaval es kilométrico) y el lunes, siempre desde el mediodía. Gran momento para buscar "chirigotas ilegales", apellido de aquellas que no participan en el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas, es decir, que no pisan el teatro Falla. El Selu, Quique Remolino o los Carapapas son nombres míticos que no te cansarás de oír. Los romanceros son otra forma de espectáculo caricaturesco en peligro de extinción. Una buena idea es disfrutar del carrusel de coros con una copita de moscatel en una mano y un cartuchón de pescaíto frito en la otra, disponibles en los mil y un freidores que pueblan la zona.

Otro momento clave para disfrutar del carrusel de coros es el viernes por la noche en el populoso barrio de La Viña. Entre risas y jaleo, en El Corralón, cualquier lugareño pediría un bocata de pollo asado con papas fritas de paquete, manjar tan simple como exquisito y solo superado por un papelón de chicharrones en El Manteca. Otros muchos comen erizos y ostras en los puestos de los pescadores. No te engañes, dieta y carnaval son antónimos. Si buscas algo más elaborado, la barra de El Faro no deja a nadie insatisfecho por un precio razonable. ¿Aún te queda aliento? A diario, el concurso de popurrís en el tablao de calle La Palma: improvisación y musho arte se mezclan entre barras donde tomar casi de todo. Literal.

 

4. Málaga, el arte de comer disfrazados

 

Málaga también tiene sus carnavales​. La Fiesta del Invierno Cálido la llaman, y empieza fuerte desde la previa. Los fines de semana anteriores al gran desfile se ofrecen degustaciones de fideos capuchinos,potaje perchelero o berza y arroz carnavalescos. Una oda a la comida de temporada. Si aún entramos en el disfraz, los pasodobles son posiblemente el matiz diferencial por aquí, y la final del concurso de agrupaciones se hace al aire libre, en la muy céntrica plaza de la Constitución. No hay que preocuparse por coger entrada. Tampoco hay que preocuparse por del aftercarnaval: un café Santa Cristina viendo la bahía desde el Parador de Gibralfaro o una cerveza Victoria en el aún novedoso Muelle 1 son opciones apetecibles que siempre están ahí. Y si eres un clásico, el Pimpi se renueva con el Pimpi Marinero: marisco y cócteles mirando al Teatro Romano y la Alcazaba. Matrícula de Honor.

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5.Islas Baleares, Carnaval en familia

¿Quién dijo que en Baleares no hay Carnaval? Entre diferentes propuestas a gusto del viajero, empecemos en Ferreríes, apetecible pueblo a medio camino entre Mahón y Ciutadella. La espontaneidad manda en un pasacalles amenizado por la Banda de Cornetes y Tambors. Pero para qué nos vamos a engañar, aquí el maquillaje y las pelucas del concurso de disfraces son la excusa perfecta para la tradicional torrada: sobrasada, botifarró, sepia, albóndigas... Combustible para llegar a pleno rendimiento al baile de disfraces, a medianoche. Y si te sobra tiempo para caminar, pedalear o montar a caballo el camí de cavals, mejor que mejor. Siglos de historia natural isleña te contemplan.

 A un rato en ferry, Palma de Mallorca se viste de cualquier cosa para Sa Rua, el desfile de carrozas y colorido, y para Sa Rueta, su versión infantil. La mejor relación empujones/visibilidad está en la avenida Jaume III, y como seguro que luego apetecerá una copa, el Cultura Club para música indie y decoración llamativa o la Sala Assaig para descubrir nuevos talentos en directo. Para gustos, las músicas, pero si puedes evitar la pachanga y el chunda-chunda,​ mejor.​


6. Melilla, la crónica social​

















Mejor no hacer caso de los agoreros que hablan de un momento de que hablan de un momento de zozobra en el carnaval de la ciudad autónoma. Los disfraces, mucho individual pero también mucho en grupo, muestran que el espíritu festivo sigue dando divertida guerra. Aquí también se llevan las letras reivindicativas, con la sorna como ingrediente principal de las chirigotas y la crítica jocosa protagonizando cuplés, pasodobles y popurrís. Y como por Melilla no es habitual pasar a menudo, aprovecha para probar el rape Rusadir, ya sea en el restaurante Los Salazones o en cualquier otro que seguro que te pillará cerca. Es lo bueno de las ciudades pequeñas.

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7. Las Palmas de Gran Canaria, de la noche a la mañana​

A ritmo de batucada de comparsa irónica, la celebración de la galaDrag Queen ha convertido al Carnaval de Las Palmas en un destinogay-friendly de fama mundial, siendo el primer carnaval que lo impuso allá por 1988. La fiesta responde con los chiringays: chiringuitos creados por discotecas de la isla donde el ambiente mixto se alarga hasta el amanecer.

 Hechos los honores, la fiesta estalla en el parque Santa Catalina. La calle se deja bailar en los mogollones, alma popular de las carnestolendas. También apetece ser una de las 200.000 personas que acompañan cada año a la Gran Cabalgata desde el castillo de la Luz hasta el parque San Telmo. La novedad de los últimos años es el Carnaval de día, parece que rebautizado este año este año como Carnaval de ayer. La llegada del mediodía convierte el casco histórico en una gran barra de bar: "Que no pare la música", gritan Los Chancletas, los Rockefeller o los Legañosos, murgas históricas de ayer y de hoy. Tocando el Carnaval a su fin, la comitiva fúnebre ríe por no llorar en el Entierro de la Sardina. Tras la quema del ​símbolo en la playa de Las Canteras comienza el último mogollón del Carnaval. No hay excusa para no darlo todo.

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 Como cantaban los Fabulosos Cadillacs, 

"carnaval toda la vida, que el silencio se convierta en carnaval"​

​Ojalá.